¿Qué significa viajar?

Nuestro itinerario empieza con una simple pregunta: ¿Qué significa viajar? La respuesta a estas tres palabras contenidas en dos puntos de interrogación tiene el poder de desplegar una vasta panorámica histórica sobre el viaje, acompañadas por consideraciones antropológicas y semióticas.

Desde la antigüedad viajar ha significado para el ser humano un desplazamiento que satisface una necesidad, sea de supervivencia física y de la especie, sea de carácter más íntimo, algo relacionada con una cierta curiosidad innata orientada hacia el descubrimiento. Los humanos hemos empezado a movernos por la Tierra para encontrar lugares más favorables a nuestras exigencias (agilizando el desarrollo de nuestra adaptabilidad); después hemos viajado para intercambiar mercancía con otras poblaciones, hemos explorado nuevas tierras, con aspiraciones de conquista a la vez que sed de conocimiento. Según Fabio Tropea (Semiótica y etnografía del viaje), “se puede decir que el ser humano ha vivido más tiempo como nómada que sedentario. No hay nada tan profundamente escrito en nuestra memoria genética como la idea del viaje”. Con el pase de los siglos, cada vez más población mundial se ha desplazado de un lugar a otro del globo, favorecida por los avances tecnológicos, hasta llegar a nuestra época de vuelos low cost, trenes de alta velocidad y paquetes vacacionales exprés. Citando la página web de la OMT (Organización Mundial del Turismo): “Durante décadas, el turismo ha experimentado un continuo crecimiento y una profunda diversificación, hasta convertirse en uno de los sectores económicos que crecen con mayor rapidez en el mundo. El turismo mundial guarda una estrecha relación con el desarrollo y se inscriben en él un número creciente de nuevos destinos. Esta dinámica ha convertido al turismo en un motor clave del progreso socioeconómico.”

Hemos voluntariamente deslizado en el contexto la palabra “turismo”, porque creemos que el debate “viaje” vs “turismo” siempre está abierto y pensamos que es útil aclarar dudas y puntos de vista. Muchas definiciones se han intentado dar para las dos figuras, idealizando la mayoría de las veces la primera y menospreciando la segunda. Sin embargo creemos que sea limitante marcar una línea neta de división y emitir juicios de valores excluyentes. En algunas de las definiciones podemos encontrarnos con afirmaciones que retratan el turista como aquel que, en cuanto empieza el viaje, ya sabe que volverá a su casa. Por otro lado, algunos definen el viajero como alguien que, cuando se desplaza, deja atrás los prejuicios para abrazar lo nuevo que encontrará en su camino. Y siguiendo: el viaje tiene como fin el aprendizaje mientras que el turismo es una distracción (y distensión) de la rutina. En cada afirmación se encuentra un poco de verdad y alguna falsedad. Creemos que también un turista, que sólo dispone de cinco días para visitar un lugar, pueda hacerlo con interés sincero y en el respeto de la cultura lugareña que lo acogerá. Del mismo modo que, a veces, se pueden encontrar viajeros poco respetuosos y arrogantes. No nos podemos encerrar en categorías, pero sí es importante remarcar la actitud que un viajero debería adoptar, sin importar el número de días de su viaje, si volverá o no a su casa, su procedencia y destino: una aptitud de apertura, escucha, respeto, humildad y curiosidad.

Lo que queremos también evidenciar aquí es la dimensión innata del viaje, como decíamos, citando a Jorge Grau Rebollo, su ser “una parte de nuestra memoria y de nuestra identidad como individuos”. En este reconocimiento universal de pertenencia a través del viaje, es interesante remarcar cómo estos desplazamientos voluntarios, dictados por necesidad y curiosidad, conllevan un alto nivel de aproximación a la diversidad: lo que nos acomuna también es el medio para apreciar y respetar nuestras diferencias. E viaje es aprendizaje, descubrimiento, conocimiento del otro y de uno mismo a través de su relación con los demás y el entorno. A menudo se dice que no queda rincón de la Tierra que no haya sido explorado. Esto no debería importar el viajero, porque cada mirada es personal, cada experiencia es única y los lugares, así como sus habitantes, van cambiando.

Otra necesidad que acompaña el viaje, es la narración del mismo. Nuestros ancestros comunicaban oralmente los resultados de sus peregrinaciones al grupo de pertenencia. Siguiendo con las palabras de Fabio Tropea, “la comunicación en la Antigüedad era algo que se daba principalmente en una comunidad cerrada de territorios y valores: un círculo”. Aprovechamos para recordar cuál fue la primera crónica de viajes, la célebre estela fúnebre del noble egipcio Herkhuf, vivido alrededor el 2250 a.C.

Herkhuf en un relieve de su tumba en Qubbet el-Hawa. Fuente Wikipedia

Herkhuf en un relieve de su tumba en Qubbet el-Hawa. Fuente Wikipedia

En su conmemoración fúnebre aparece el relato de sus tres viajes al interior de África, viajes de carácter comercial y económico, pero que constituyen el primer caso de literatura de viaje hasta ahora conocido. Desde la simple enumeración de los méritos y una descripción sobria de los acontecimientos, pasamos a una forma literaria más elaborada que introduce elementos de ficción y una reflexión sobre el significado del viaje con Las aventuras de Sinuhé, redactadas por un anónimo escriba también egipcio (ca. 1985-1911 a.C.). Otra piedra miliar de la narración de viaje es Heródoto de Halicarnaso y su Libro II de La Historia, donde el griego, con su fuerte vocación exploradora, quería investigar las razones que estaban a la base de las guerras Médicas entre griegos y persas (siglo V a.C.). La gran revolución de esta obra literaria es su carácter polifónico, una obra coral que cambia radicalmente la tipología de la narración bélica que se había practicado hasta entonces, desplazando el punto de vista sobre el Imperio persa (el enemigo) y sobre el declino interno que determinará su caída. Otra importante peculiaridad de Heródoto y de su narración es la atención hacia el otro y el intento de comprensión. No hay rechazo, si no estupor, exploración y respeto.
Acercándonos gradualmente a nuestra época encontramos en la Edad Media los relatos de viaje religioso emprendido por Ibn Battuta (nacido en Tánger en el 1304), dignos de mención por sus magistrales aportaciones sobre detalles geográficos, etnográficos e históricos recaudadas en treinta años de periplos. A diferencia de Heródoto, Ibn Battuta explora el mundo con la mirada hacia el interior, sin aquel espíritu de apertura y tolerancia que había caracterizado el griego hace más de mil años antes.
Última etapa de la Edad Media y relato de viaje que abrió vías nuevas de descubrimiento para muchos fue La descripción del mundo (mejor conocido como El Millón) de Marco Polo. Nacido a raíz de motivaciones comerciales, ese tratado es particularmente importante porque reflejo de un “despertar intelectual”, como lo define David Rull en Crónicas y relatos de viajes desde la Antigüedad hasta nuestros días, y punto germinal de sucesivas transformaciones para la comunicación de viaje. Entre Baja Edad Media y Edad Moderna se van modificando los receptores de la literatura viajera, cambiando la dirección de las informaciones: tal como explica Fabio Tropea en el ya citado ensayo, de una comunicación circular se pasa a una comunicación en forma de flecha. Semejante transformación fue acompañada y favorecida por los avances técnicos aplicados a los medios de comunicación de ideas (invención de la imprenta en principio, llegando al telégrafo, teléfono y así adelante hasta internet) y de medios de transporte. Pensar en cómo el tiempo y el espacio se hayan restringido en tan pocos centenares de años, modificando toda la humanidad y sus costumbres, proporciona algo de vértigo. Los viajes y su narración se han multiplicado exponencialmente a partir de la Edad Moderna en adelante. Es la época de los grandes descubrimientos geográficos y de los grandes exploradores: Cristóbal Colón, Fernando de Magallanes, Sebastián Elcano, Vasco de Gama, entre otros. La Edad Moderna prepara el terreno también para los grandes descubrimientos científicos, entre los cuales cabe mencionar los del alemán Alexandre von Humboltd (1769-1859) reunidos en su Cosmos. Culmine de este periodo de gran fermento es sin lugar a duda  la aportación de Charles R. Darwin a la humanidad entera y su teoría de la evolución. Estimulado por su curiosidad, atraído por la posibilidad de emprender una aventura, soñando de emular las investigaciones científicas de von Humboldt, y ayudado por su espontánea genialidad, el joven gentleman británico llegó a cuestionar todo el sistema dogmático de su época, a través de las investigaciones y observaciones efectuadas en muchos años de navegación a bordo de la expedición HMS Beagle.

H.M.S. Beagle en el Estrecho de Magallanes. El Monte Sarmiento en la distancia. Ilustración de R. T. Pritchett 1828-1907. Fuente: Wikimedia Commons

H.M.S. Beagle en el Estrecho de Magallanes. El Monte Sarmiento en la distancia. Ilustración de R. T. Pritchett 1828-1907. Fuente: Wikimedia Commons

Sin ser consciente de ello, Darwin, además de revolucionar la historia de la ciencia, de la religión y de la humanidad, también fue precursor del periodismo de viaje y de un fenómeno que, sobre todo en el siglo sucesivo, se desarrolló largamente: la divulgación científica (cit. Jordi Serrallonga, La Aventura de la Ciencia).

Paralelamente a los descubrimientos científicos y al comienzo de la divulgación de información sobre las tierras lejanas, se va desarrollando la identidad del individuo frente a la comunidad de pertenencia. El hombre se convierte en el centro de interés, frente a la colectividad. El círculo de la comunicación se abre y favorece la precedentemente citada flecha, esquema ejemplificativo para describir el nuevo tipo de comunicación dirigida. Asimismo, gradualmente cambia también la percepción del otro, de todo lo que, hasta entonces, se había colocado fuera del círculo, de la comunidad cerrada. Siguiendo con Fabio Tropea, se podrían individuar varias etapas de la relación con el otro, el forastero (literalmente el que viene de las tierras de fuera), que se desarrollan paralelamente a los cambios de la organización social: se pasa desde la aldea, hasta la ciudad cada vez más grande y compleja. Una primera etapa, llamada del lobo, coloca el otro fuera de la comunidad; el lobo vive en el bosque, lugar misterioso y salvaje, engañoso y peligroso. El forastero es una amenaza. En la segunda etapa, la de la rata, los forasteros acaban compartiendo el lugar de la comunidad pero no los valores. Viven en medio de nosotros pero separados, con una estructura organizativa propia y ocupando la zona baja de la ciudad (manteniendo la metáfora de las ratas, viven bajo tierra, en las cloacas). La tercera etapa es la de la cucaracha. El otro cada vez se multiplica más y se hace más pequeño y, por ese proceso de miniaturización, puede entrar en nuestras casas. Hablando fuera de la metáfora, se podría hacer el ejemplo de todas las costumbres que se han ido entremezclando y que hoy en día han completamente transformado muchas de las tradiciones originarias de un pueblo: las culinarias, las arquitectónicas, las religiosas y filosóficas, las formas de espectáculo y las modas. La etapa más reciente según el análisis de Tropea es la del virus. Cada vez más pequeño y más introducido en nuestras vidas, el otro se alimenta en el mismísimo tejido comunitario, ya es parte del organismo.
Lejos de pensar en esta gradual penetración del forastero como algo negativo, es interesante notar como los nuevos valores aportados desde el exterior puedan contribuir al desarrollo de la comunidad y a la vez nutrir un deseo de viajar para buscar nuevas fronteras y tierras por explorar.
Curiosidad por el descubrimiento de algo lejano y nuevo, a la vez que deseo de proyectar luz sobre la historia de la vida en la Tierra, han sido los motores que han alimentado el boom de las expediciones científicas, antropológicas y arqueológicas y el desarrollo de la figura del periodista de viajes y sucesivamente del divulgador. A veces las figuras del estudioso y del periodista coinciden, otras veces el experto se acompaña con el periodista o divulgador que facilita la comunicación de los hallazgos.

Un largo listado de nombres cubren las páginas de la historia del periodismo moderno de viaje. Dignos de mención, Hiram Bingham (1875 – 1956) por su divulgación de Machu-Pichu a los occidentales, Roy Chapman Andrews (1884-1960) por sus expediciones centroasiáticas, Giovanni Battista Belzoni (1778-1823), uno de los padres de la egiptología junto con Jean Champollion, Howard Carter (1874 – 1939) por su descubrimiento de la tumba de Tutankhamon. Con Louis S.B. Leakey (1903 – 1972) y su búsqueda de fósiles humanos en África, empieza la explosión del periodismo científico. El éxito y la exponencial difusión del género favorecen también el nacimiento de revistas especializadas, como la famosa National Geographic, en cuyo ámbito se han dado a conocer algunos grandes profesionales del periodismo de viaje (escritores y fotógrafos).
Al día de hoy, con la importante herencia de figuras como Jacques Yves Cousteau, Carl Sagan y David Attenborough (entre otros), nos encontramos con una amplia oferta de revistas, documentales televisivos y cinematográficos de carácter científico y divulgativo, blogs y páginas de internet, así como una importante producción literaria. Nombres como Ryszard Kapuscinski, Bruce Chatwin, Peter Matthiessen, Paul Theroux, Nicolas Bouvier suenan familiares al público general y son unánimemente considerados pilares de la literatura de viaje.

Volvemos al comienzo de este texto, a la cita de la OMT y al fenómeno que cada día podemos observar delante de nuestros ojos: los viajes se han democratizado, se puede llegar con bastante facilidad a casi cualquier sitio del mundo, se han emprendido viajes a cada rincón de la Tierra y mucho se ha escrito (y se escribe) sobre estas experiencias. Tal como al principio nos preguntábamos si es necesario seguir viajando, ahora nos preguntamos ¿Hace falta seguir escribiendo de viajes? ¿Bajo qué presupuestos e intenciones? Nos gusta pensar que la respuesta a la primera pregunta es un “sí” rotundo reivindicando la potencia de la mirada personal y la necesidad de ofrecer nuevas formas de aproche al viaje. No sólo cada viajero y escritor poseen su mirada única, sino que también los lugares van cambiando y se transforman en el tiempo, se hibridan en este fenómeno imparable de globalización. Citando el famoso panta rei de Heráclito, podemos afirmar que “en los mismos ríos entramos y no entramos, [pues] somos y no somos [los mismos]”.
Para poder seguir escribiendo de viaje, y escribir en general, creemos sea necesario adoptar una actitud innovadora, sea con respecto al argumento que se quiere tratar, sea con respecto a las técnicas que se quieren emplear. Citando a David Grossman, cada vez que nos enfrentamos a un nuevo proyecto deberíamos pensar que vamos a inventar la rueda, aunque sepamos que es un absurdo. Creemos que tenemos todavía mucho que experimentar a través de las nuevas tecnologías y también a raíz de la época de cambios socio-políticos que estamos viviendo, un momento histórico que habla de nuevos confines, de migraciones, de creación de nuevas identidades.
En conclusión, pensamos que por un lado los viajes seguirán siendo fuente interminable de aprendizaje, del entorno, de los otros y de uno mismo, no dejarán de proporcionar experiencias nuevas a cada persona; por el otro, el periodista o escritor de viaje no dejará de producir, pero con el compromiso de esforzarse para generar algo diferente en el panorama literario. Eso sí, nos gustaría invitar a efectuar viajes cada vez más concienciados, sostenibles, menos contaminantes y respetuosos de los demás, así como reivindicar una figura de periodista de viaje o de escritor sensible y comprometida con su labor.

Cuentarutas: 22-03-2015
Autor: Susanna Corchia

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