El viaje dibujado: Otra manera de contar rutas

La ciudad francesa Clermont-Ferrand suele conocerse para su festival de corto-metrajes, uno de los más importantes y antiguos de Europa. Sin embargo, también alberga cada noviembre un festival quizás menos conocido, pero muy peculiar y único en su género, el Rendez-vous du Carnet de Voyage, un evento internacional enteramente dedicado a autores de cuadernos de viajes, en todos sus formatos.

Alfonso Zapico, La Ruta Joyce, Ediciones Astiberri, 2011, imagen de la portada.

Alfonso Zapico, La Ruta Joyce, Ediciones Astiberri, 2011, imagen de la portada.

Entre los participantes de la edición de 2012 figuraba el historietista e ilustrador asturiano Alfonso Zapico, con La Ruta Joyce (Ediciones Astiberri, 2011), un libro narrado en primera persona en forma de cómic donde el autor sigue las huellas de James Joyce para investigar y recopilar el material documental necesario para dar vida a Dublinés (Ediciones Astiberri, 2011), biografía del genial escritor irlandés que valió a Zapico el Premio Nacional del Cómic 2012. Dublín, Trieste, París y Zúrich son las ciudades donde Joyce vivió y desarrolló su rompedora obra literaria y forman el recorrido que Zapico emprende y cuenta en su bitácora dibujada, entrelazando sus experiencias personales con las vivencias del escritor irlandés.

En Dublinés, Zapico recorre la vida de Joyce, sus orígenes, la relación con su compañera y luego esposa Nora, el alcoholismo, el glaucoma que casi lo deja ciego y todo el panorama de personajes que acompañaron su vida, que le inspiraron y que, de cierta manera, determinaron su sobrevivencia para que pudiera seguir escribiendo y salir de la miseria. La vida misma del autor de Ulysses fue una Odisea,  llena de incertidumbres, mudanzas continuas, despedidas y reencuentros. Zapico sigue sus pasos con humanidad, sin juicios morales frente a una vida infiel y disoluta, hasta dejando entrever una cierta ternura. Pero es en La Ruta Joyce que el autor asturiano se embebe del viaje, donde experimenta las migraciones joycianas y revive, en la medida de lo posible, las atmósferas de los pubs irlandeses y la brisa marina de las callejuelas triestinas. Zapico se enfrenta con la ruta ganando las inseguridades y emprendiendo una experiencia que, como él mismo declara en la apertura del libro, le servirá de exploración y autoexploración (pag.11). «Para dibujar Dublinés lo fácil sería buscar fotos en Google y Flickr, hacer café, dejar abierto Facebook y empezar a dibujar. Pero como el propio Joyce sabía, a veces el camino fácil no es el camino correcto…». Y así en 2008 Zapico cogió su mochila, sus lápices y comenzó el viaje de La Ruta Joyce.

El libro sigue el orden cronológico de los desplazamientos del escritor irlandés, empezando por Dublín, siguiendo por Trieste, y acabando con París y Zúrich, con algunos paréntesis en Angoulême, ciudad francesa donde reside, y un viaje a Bilbao para dar una conferencia sobre su trabajo. El tono empleado es irónico (y auto irónico), desenfadado, cercano a la cotidianidad, dejando intuir el carácter humilde y espontáneo del autor.

El viaje es para Zapico un aprendizaje continuo, no solamente de costumbres y tradiciones de los lugares visitados. La observación atenta y una mirada seducida por las simbologías, solicitan las reflexiones de Zapico sobre la condición actual de Europa y de su cultura vieja y estancada.  Asimismo, comprueba lo que ha cambiado desde la época en que Joyce estaba en su momento más prolífico, los años veinte y treinta: Trieste, tan cosmopolita y receptiva en aquel entonces, hoy se ha convertido en la Dublín tan criticada por Joyce. Su población es la más envejecida de toda Europa y sólo queda un eco lejano de su carácter abierto de capital imperial costera. En cambio, Dublín ahora es moderna y multicultural.  Los polos se han invertido en el arco de ochenta años.  También París ha cambiado inevitablemente, «lo que antes era auténtico, bohemio y vanguardista hoy es sólo un reclamo turístico» (pag. 161).

La Ruta Joyce, Ediciones Astiberri, 2011, pag. 111.

La Ruta Joyce, Ediciones Astiberri, 2011, pag. 111.

Las ciudades son para Zapico paréntesis de descubrimiento, fuentes de informaciones, lugares de experimentación pero también puntos de encuentros con conocidos, viejos amigos y representan el comienzo de nuevas relaciones humanas. Dejar atrás una ciudad puede llegar a ser incluso doloroso: «Despedirse de una ciudad es un poco más triste, porque con los amigos uno habla por teléfono, se reencuentra en Navidad o en verano, aparecen cuando menos te lo esperas. Pero las ciudades hermosas como Trieste quizá no vuelvan a mostrarse tal como las conocemos hoy» (pag. 112).

A medida de que el libro va avanzando, las dudas y las inseguridades del autor siguen apareciendo, pero, a la vez, se percibe una catarsis, una toma de confianza que empuja a continuar el proyecto. Zapico habla al lector como a un confidente, un amigo cercano, se abre en confesiones en puro estilo de diario íntimo. Un trazo escueto y ágil, cercano a las viñetas satíricas de periódico, invita el lector a seguir con buen ritmo  este viaje personal, casi un desafío consigo mismo.

El viaje ya sabemos que tiene un final feliz, prueba de ello son los dos libros que tenemos entre mano y el éxito que han obtenido. Zapico ha definitivamente enterrado los miedos y pone un punto final a su original crónica viajera de la mejor manera posible, con un monólogo interior en puro estilo de flujo de pensamiento joyciano, donde reafirma su convicción de la necesidad de realizar su proyecto, sus libros y su viaje, porque al fin y al cabo, «cualquier excusa es buena para hacer un viaje» (pag. 13).

La Ruta Joyce, Ediciones Astiberri, 2011, pag. 204.

La Ruta Joyce, Ediciones Astiberri, 2011, pag. 204.

 Alfonso Zapico se inscribe en un panorama afortunadamente amplio de ilustradores que tratan el desplazamiento real o fantástico como materia prima de trabajo (citamos a Guy Deslile y Shaun Tan, entre muchos otros). Tomar apuntes, dibujar, hacer croquis de lo que nos podemos encontrar en la ruta es una manera pausada y reflexionada de relatar las experiencias en el viaje. Dibujar no es como hacer una fotografía, se pierde la inmediatez, pero se gana en atención por los detalles y espíritu de observación. Además, es en la potencialidad de la ilustración y del dibujo donde la abstracción y el simbolismo encuentran terreno fértil para la experimentación del lenguaje. Contar rutas a través del dibujo y de la ilustración es otra manera de hacer llegar nuestras impresiones viajeras, quizá una forma menos popular pero seguramente muy eficaz y entretenida.

Cuentarutas: 11-05-2015
Autor: Susanna Corchia

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