Despierta Yushí

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Caoba semillero

Caminar tres días en selva baja, no debería requerir tanto esfuerzo, pero el rumbo que la naturaleza impone es, finalmente, el de la supervivencia: Inclinaciones de tierra –que no deberían estar ahí-, arrastre de lluvia en tiempo de shushupe, de jergón, una pequeña y venenosa serpiente que puede confundirse fácilmente con la rama de los árboles. Estoy en busca de un auténtico sobreviviente de la Amazonía. La Caoba. Un árbol con Yushí, con espíritu.

Para encontrarlo, debo soportar la burla de mis amigos indígenas que comparan su paso rápido y seguro con el mío. Y no niego que hago mis esfuerzos por ir a su ritmo, pero esa oscura amenaza de cruzarme con una shushupe –la víbora que odia al hombre, la que es capaz de morir de inanición y perder una presa por atacarnos, porque la venganza contra nuestra especie ya está escrita en su código genético-, me tiene más que prevenida.

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Limpiando la semilla entre abejas.

Solo la enorme cantidad de abejas que salen a nuestro encuentro, me dan la tranquilidad de saber que hemos llegado. La Caoba está en periodo fértil, sus frutos atraen a los murciélagos y a las abejas que se encargarán de diseminar la nueva generación de plántulas, asegurando así la continuidad de una especie, atacada a tal punto por el hombre, que ya enfrenta los límites de la extinción.

“La estrategia de supervivencia de la caoba, impresiona” me dice Rafael Pino, ingeniero forestal, jefe de la Reserva Comunal Purús, “esta especie necesita un grupo social diferenciado para reproducirse”. Es decir, entre padres e hijos, hermanos o primos, no hay fecundación. Por eso los bosques que acogen a estos árboles deben ser extensos. Por eso, las abejas y los murciélagos se vuelven protagonistas en su historia, alejando las semillas de la madre. Lo que explica la terca distancia de más de cien metros, entre caoba y caoba.

Estos pequeños insectos, empecinados en meterse en la boca, oídos u ojos de quien se acerque al árbol semillero, realizan otro gran servicio: distraer a las plagas que habitan junto a la madre y arrasan con los pequeños brotes que nacen a sus pies. En un acto de simple economía natural, los plantones que crecen alejados y solitarios, no significan una fuente de alimento que compense el gasto de energía que desplegarían para alcanzarlos y comerlos. Se reduce así, el riesgo de la endogamia y una posible degeneración genética de la especie. Maravillas de un bosque intacto, en el que todos sus habitantes son causa y consecuencia de sus ciclos de vida.

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Salida, desde la Comunidad Nativa Santa Margarita.

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En ruta hacia el bosque y pescando.

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¡Nadie se separe! Dice Alfredo, líder sharanahua y guía de la expedición. Las mujeres, niños y hombres que hacemos parte del grupo, estamos atentos a sus órdenes. Don Remigio, jefe de la Comunidad Nativa Santa Margarita, me mira preocupado, “no escuches al Yushí”, un consejo misterioso, que tomo con gratitud. El espíritu del bosque puede tomar la voz de la persona que has perdido, para engañarte y abandonarte dentro de su laberinto.  Supongo que es una forma de tomar revancha contra los extraños que llegaron, depredaron y fugaron.

Y yo, también soy una extraña.

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Subidor, ascendiendo gracias a la polea y el esfuerzo de la comunidad.

Debemos apurarnos. Los sharanahua de Santa Margarita solo tienen unas horas para subir hasta la copa del árbol y cosechar sus semillas. Lo harán siguiendo las pautas de una actividad sostenible, dejando suficientes semillas en cada árbol para asegurar su ciclo reproductivo. Un innovador negocio en el que ganan todos: el dinero se obtiene, no por tumbar la caoba, sino por cosechar su semilla y reforestar otros bosques de la Amazonía peruana. Un emprendimiento que sale al mercado bajo la marca indígena ECOPURÚS.

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Proceso de cosecha de caoba en bosque. La comunidad, la organización y la habilidad se juntan para rescatar de la extinción esta especie forestal.

Por hoy la cosecha ha terminado. Alfredo nos da la señal para retirarnos. Aprovecho un pequeño instante para quedarme a los pies de este árbol. En sus casi cuarenta metros de altura  hay cientos de años de vida. Me pregunto si sabe que sus semillas significan un nuevo aliento para su especie. Miro hacia arriba. Yo   sé que me escucha: “¡Despierta Yushí! Son nuevos tiempos. Mejores tiempos”.

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Aprendiendo sobre el valor de los bosques en pie y sus semillas.

Cuentarutas. 19-07-2015
Autor: Susana Parra
Fotografías: Susana Parra. Purús. Perú. 2015

 

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