Embrujada en la tierra del griko

Nada más cruzar el umbral percibo la barrera exterior de calor sofocante, como si se pudiera ver físicamente al estilo de las películas de ciencia ficción, donde los protagonistas, dando un paso, entran en otra dimensión perforando una sutil capa de materia. Así es como visualizo la salida de casa en una tarde de agosto en un pueblo del profundo sur de Italia, en la comarca denominada Salento, la punta más oriental de la península. Los veranos aquí acostumbran a ser muy calurosos, pero sobre todo muy húmedos, lo cual aumenta la sensación de calor percibido. Las casas hechas de piedra local, una toba que aquí se denomina “pietra leccese”, almacenan las altas temperaturas de las horas diarias para devolverlas con violencia por la noche, anulando el frescor vespertino. El aire denso se abre pacientemente el camino por las fosas nasales luchando contra el rechazo fisiológico instintivo que causa apnea, a la vez que las pupilas se cierran como erizos intentando adaptarse al blancor de las tempranas horas de la tarde. Este primer minuto en el exterior duele.

Zollino. En la canícula del “meriggio” (la tarde en dialecto salentino) la gente descansa y sólo se entreven destellos de vidas al amparo de las sombreadas casas antiguas. Fotografía: Susanna Corchia, 2015.

Zollino, vista de Via Cavour y Via S. Stisio. Fotografía: Susanna Corchia, 2015.

Zollino, vista de Via Cavour y Via S. Stisio. Fotografía: Susanna Corchia, 2015.

El Salento es una meta vacacional muy conocida en Italia. Cada año sus costas rocosas y los largos arenales son asaltados por turistas procedentes del norte y por algunos autóctonos que huyen de la canícula de los pueblos. Sin embargo, lejos de buscar alivio en una playa ventilada, decido explorar las planas interiores, los interminables olivares interrumpidos sólo por diminutos centros habitados. A unos escasos veinte quilómetros del mar hacia el interior y cerca de la capital de la comarca, Lecce, me encuentro con Zollino. Con sus nueve quilómetros cuadrados, Zollino es uno de los once ayuntamientos que forman la así llamada Grecìa Salentina, una isla lingüística reconocida en 1990 por la Unión Europea donde sobrevive el griko, un dialecto procedente del griego antiguo. En realidad, aunque todos los once pueblos comparten cultura e historia, son muy pocas las personas que siguen utilizando este idioma como forma de comunicación diaria. En Zollino se encuentran unas cuantas, todas de edad avanzada. El griko, pasó a ser idioma no institucionalizado y transmitido oralmente por el pueblo desde el siglo XVI hasta todo el XIX, sufriendo el predominio del latino, idioma oficial de los reinos que se iban sucediendo en el trono de Nápoles. Con la unificación de Italia y la escolarización obligatoria, además, se quitó dignidad a esta forma lingüística tan peculiar, considerándola un bruto dialecto y, posteriormente,  los habitantes que todavía la empleaban en época fascista fueron perseguidos. Poco a poco el griko fue desapareciendo y actualmente se calcula que tan sólo diez mil personas siguen hablándolo.  Hoy es un día perfecto para entrar en contacto con esta supervivencia popular  ya que en el pueblo se celebra el primer día de la fiesta del sceblasti, en griko “sin forma”, un gustoso pan campesino hecho con calabaza, cebolla,  olivas, alcaparras y guindilla.

Zollino, vista de una casa en Piazza Roma. Fotografía de Susanna Corchia, 2015.

Zollino, vista de una casa en Piazza Roma. Fotografía de Susanna Corchia, 2015.

Todavía las sombras son cortas y los habitantes se refugian en sus casas, buscando frescor como sea, quien con un café con hielo quien con abanicos y paños húmedos. Sólo algún valiente cruza las vías desiertas, mostrando impaciencia para preparar la fiesta. Sin darme cuenta, pronto doy la vuelta entera del asolado pueblo, en un estado de semi-ensueño. Vagabundeando topo con un espacio abierto rodeado de pinos y eucaliptos; en su centro unas pequeñas construcciones bajas y cuadradas de piedra. Más allá, los infinitos olivares. Estoy en el espacio denominado “Pozzelle di Pirro”, un complejo sistema hídrico construido aprovechando una depresión natural del terreno donde se recogen las lluvias en sus profundidades. Cada pozo mide entre tres y casi cinco metros y algunos comunican entre ellos y poseen más de una apertura de recogida. Sobre cada excavación se construyó una base de piedra en seco que constituye la embocadura. El origen de estas construcciones, presentes también en otras urbanizaciones vecinas a Zollino, es incierto y controvertido. Algunos lo individual en el siglo XVIII mientras que para otros serían el producto de una ingeniería mucho más antigua. La leyenda narra que Pirro, rey del Epiro, pasó por estos lugares para hacer beber y descansar su ejército antes de la batalla contras los romanos en el III Siglo a.C.

Zollino, vista del entorno Pozzelle di Pirro. Fotografía: http://www.inculture.eu/

Zollino, vista del entorno Pozzelle di Pirro. Fotografía: http://www.inculture.eu/

Me siento sobre una de estas piedras cargadas de historias y leyendas y me dejo envolver por la mística del lugar y el hipnótico canto de las cigarras. Imagino como tan sólo un siglo atrás lo que ahora es un tranquilo campo aislado entre el pueblo y los olivos posiblemente había sido un lugar de trabajo, con un frecuente vaivén de gente y, quizás, también habrá sido lugar de encuentros, de charlas, de socialización. Mi viaje en el tiempo se interrumpe bruscamente con un sonido de tambor lejano, un ritmo amplificado y repetido. La percusión me devuelve a la realidad y me recuerda que se está preparando una fiesta. Vuelvo a las calles de Zollino que ahora ya no son desiertas. Se han montado unos puestos de venta callejera de madera en puntos estratégicos del centro del pueblo y los técnicos prueban el sonido de un pequeño escenario bajo los ojos cansados de los ancianos que durante horas han estado sentados en la sombra del bar principal, esperando reavivar el atardecer. Rápidamente el mayor eje de tránsito se anima (dos calles perpendiculares largas más o menos un quilómetro cada una), el sol desaparece tras las bajas casas, se percibe la excitación de la población que quiere divertirse. En una esquina han improvisado una “escuela” de bailes tradicionales, con un equipo de sonido muy básico que emite algunos motivos populares, y el que se intuye ser el profesor guía con una enorme sonrisa los movimientos de una mujer algo torpe pero muy motivada. Pronto varias parejas se suman a la escena mientras otros, más tímidos, observan acompañando con los pies los irresistibles ritmos. Junto con los bailes, también se abren las cocinas y lo primero que pruebo es, naturalmente, la famosa sceblasti, gran atracción de la fiesta. Acompaño este simple como delicioso pan con un pezzetto de carne de caballo estofada, una tradición culinaria heredada por las comunidades gitanas del Salento.

Siguiendo la corriente del paseo llego a un lugar que de inmediato entiendo ser el corazón de la fiesta: en un antiguo patio interior tres lugareñas están cocinando los sceblasti, explican a los curiosos cómo se preparan y se exhiben complacidas en sus gestos expertos. Protagonistas durante de dos días, las mujeres cantan, recitan coplas en griko y se ríen. Sus ojos brillan con los destellos del horno de piedra donde desaparece la masa informe para transformarse en aquella sabrosa torta que había degustado unos minutos antes. El patio es el lugar de encuentro de todos: están el teniente de alcalde (un joven de tan sólo veintiocho años muy entregado y deseoso de cuidar de las tradiciones de su pueblo), sus padres y varios otros ancianos entre los cuales destaca un hombre octogenario cuyo nervio arroja aplausos cada vez que acaba de exhibirse en un espontáneo canto tradicional en dialecto.

Zollino. Sagra della sceblasti, 2 de agosto de 2015. Mujeres del pueblo preparan las sceblasti bajo la mirada de los visitantes y aldeanos. fotografía: Susanna Corchia, 2015.

Zollino. Sagra della sceblasti, 2 de agosto de 2015. Mujeres del pueblo preparan las sceblasti bajo la mirada de los visitantes y aldeanos. fotografía: Susanna Corchia, 2015.

Zollino. Sagra della sceblasti, 2 de agosto de 2015. Un anciano canta y recita coplas en dialecto griko, un idioma procedente del antiguo griego y todavía hablado por pocas personas en la zona denominada Grecìa Salentina. Fotografía: Susanna Corchia, 2015.

Zollino. Sagra della sceblasti, 2 de agosto de 2015. Un anciano canta y recita coplas en dialecto griko, un idioma procedente del antiguo griego y todavía hablado por pocas personas en la zona denominada Grecìa Salentina. Fotografía: Susanna Corchia, 2015.

Los más jóvenes se concentran delante del pequeño escenario, bailando sin descanso al ritmo de algunos grupos musicales que han sido contratados para la ocasión. En Salento el verano también es sinónimo de “sagre popolari”, de fiestas donde cocina y música se mezclan con los omnipresentes mercadillos made in china y ropa neo-hippie. En el mes de agosto se podría dar la vuelta de la región participando cada día a una celebración acompañada por conciertos y comida callejera. La vida brota en rituales contemporáneos, híbridos entre los recuerdos de un pasado campesino y una distorsionada modernidad.

Las horas han pasado rápidas y, mientras me dirijo hacia el coche aparcado a las afueras de Zollino, las notas frenéticas acompañan mis pasos y se funden poco a poco con el ritmo más calmado de la naturaleza,  con el canto de los grillos que han tomado relevo a las cigarras. Más discretos que sus compañeras diurnas, estos diminutos insectos me devuelven a la magia alucinatoria del campo, a las fantasmagorías nocturnas de los olivares. Me despido de Zollino con la sensación de haber participado a un ritual ancestral, bajo la mirada de las estrellas pacientes que tantas cosas han visto ocurrir en esta antigua tierra.

Cuentarutas: 16-08-2015
Autor: Susanna Corchia
Fotos: Susanna Corchia

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