Todos los hombres

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Epa, en su asentamiento a orillas del río Curanja. Foto: Jason Houston. 2015.

Epa significa hombre, todos los hombres, en lengua pano. Epa también es la historia de un indígena no contactado mashco piro, que inició su proceso de contacto y regreso a la zona media del Purús, hace más de ocho años. Yo lo conozco hace seis.

Hombre mayor, dos esposas, una suegra, cinco perros, una chacra y una decisión: salir del monte. Hace seis años era imposible entenderlo. Su desesperación siempre le hacía extender el brazo y señalar camino, monte adentro. Yo no sé ninguna lengua pano pero mi amigo Roberto Ramírez, un mastanahua, podía entenderlo mejor. A fuerza de indagar quién es quién, entendimos que Epa era como él se nombraba a sí mismo.

Asentado en un recoveco casi inaccesible del río Curanja. Su chacra y sus aptitudes para la caza y la pesca son las herramientas con las que asegura su subsistencia. Eso y la continuidad de un bosque vivo y abundante. Epa no lo sabe pero viene de regreso de donde sus abuelos fueron expulsados, cuando la fiebre del caucho asoló la jungla. El hombre que encarna a todos los hombres empezó su dramática huida hacia las entrañas del Purús hace más de un siglo, trazando la ruta de la supervivencia, la que al parecer inicia en el Parque Nacional Manu, sube hasta el Purús y continúa hacia Brasil. En realidad, la historia de los mashco piro está brutalmente atada a la modernidad. La aparición de los autos, a finales del siglo XIX, la necesidad de fabricar llantas y la ambición por el caucho, transformó para siempre a la Amazonía y expulsó a estos pueblos de sus bosques. Este hombre se está construyendo a sí mismo, rompiendo los mitos en los que se deben haber quedado atrapadas las historias de matanza y las insanas correrías que padecieron sus ancestros. Un proceso íntimo que tomará su tiempo, más del que requirió su organismo para desarrollar los anticuerpos que peleen contra nuestras enfermedades, contra nuestro contacto.

Este relato toma otro rumbo desde aquí. A día de hoy, Epa ha cambiado mucho. Si le preguntas con calma te dirá que su nombre es Shuri, pero se acostumbró a que todos lo llamen Epa. De tanto ir y venir a Puerto Esperanza, el enclave mestizo y la capital del departamento del Purús, ha adoptado las formas de la modernidad. Ha entendido que es distinto, que su historia interesa.  Andrew Lawler, un periodista freelance, ha publicado para el New York Times un reportaje narrando la situación de estos bosques, tratando de atar cabos al por qué de las continuas salidas de los mashco piro hacia las comunidades nativas contactadas. Hila la historia de este pueblo con la de Epa y ha hecho de este hombre una noticia de alcance mundial.

Si el periodista Pascual Serrano tiene razón, Epa entrará en esa vorágine de la Internet en la que te enteras al momento y te olvidas al instante. Nadie puede adivinar qué le deparará el destino, menos ahora que el ciberperiodismo, casi ubicuo, ha difundido su situación. Lo cierto es que la historia del extraño hombre que viene del monte buscando refugio en la civilización, ya está en la red. Queda esperar las consecuencias, o las oportunidades que ocurran.

Mi amigo Shuri, mientras tanto, sigue viviendo a orillas del río Curanja, aprendiendo y desaprendiendo el mundo a su propio ritmo, en sus propios términos.

Cuentarutas. 27-09-2015
Autor: Susana Parra

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