El mundo verde

Solo hay una forma de entender el orgullo  Awajún y Wampis: El bosque. Un manto verde difícil de habitar, lleno de pendientes y ríos turbulentos, cargado de conocimiento ancestral y vertiginosos cambios sociales. Estoy en Santa María de Nieva, la capital de la Provincia de Condorcanqui, en Amazonas, Perú. Aquí empieza  este viaje por el mundo jíbaro, su cultura y su desafío por la conservación.

awajun

Mujer Awajún de la Comunidad Nativa de Saazá. 

La gente del agua, como caprichosamente se traduce el término awaruna (runa es gente en quechua y awa suena a agua en español), al igual que los huambisas, dominan con pericia corrientes caudalosas que a primera vista, lo menos que despiertan es respeto. Aquí los ríos y las quebradas son el paso obligado para estudiar, atenderse en salud, visitar al vecino, unir a la familia, hacer el Mijano (la pesca comunal) o enrumbar hacia el mitayo (la caza comunal).  El Alto Marañón no es una selva fácil de habitar, pero sabe regalar pedazos de paraíso y construir  recuerdos entrañables, de esos que se defienden con  fiereza.

awaruna

Río Santiago, navegado usualmente por poblaciones huambisas (wampis). 

“Si el bosque se enferma, nosotros también”, dice Bernabé, un joven de la etnia wampis con estudios técnicos que busca trabajo en Nieva, lejos de su comunidad. Una situación que se ha vuelto común. En estos tiempos, el bosque ya no provee como antes, la población indígena ha aumentado, los animales huyen y cada vez hay que adentrarse más en la espesura para cazar. La tala y la minería ilegal son una amenaza latente: siempre queriendo dividir a las organizaciones indígenas, buscando debilitarlas, seduciéndolas con el dinero rápido. En la Comunidad Nativa Villa Gonzalo acaban de decomisar un motor de esa infernal máquina del oro que mata. Es la segunda vez. “No habrá una tercera,  me dice Mateo Ugjkum, wampis. No vivimos el Baguazo para permitir esto”. Y el Baguazo, en Perú, es la expresión máxima del hartazgo de la ciudadanía indígena amazónica en contra de la depredación y el desamparo.

La estirpe guerrera del Jíbaro no viene gratis. Aquí, la naturaleza deja de ser una inagotable despensa, para convertirse en un igual. El Ikam –naturaleza en jíbaro-, es un semejante que reta, castiga, se burla o se somete al hombre por voluntad propia. Pocas veces la Amazonía es tan difícil.

Estoy en la Comunidad Nativa de Saazá, a un día en río desde Nieva. La lluvia es el peor enemigo para movilizarnos en esta escarpada geografía. La dura caminata muestra en todo su esplendor la sabiduría alcanzada por estos pueblos: las hojas del Shi Shin son buenas para el dolor de estómago o de hígado, la sangre de grado cura las fiebres, el Tamshi es bueno para hacer canastas. De la corteza del Yacucu, mezclada con greda, sale el material para hacer las tinajas. “Es muy trabajoso”, dice en lengua nativa, doña Shajub Dupis, la artesana de la comunidad. La belleza del arte awajún y wampis es impresionante. Líneas concéntricas y angulosas, usualmente pintadas en rojo y negro –achote y ceniza- y selladas con una laca natural que proviene de la pepita del Supinin. De donde vengo, las orejas de elefante solo son plantas ornamentales. Aquí no. “Es buena contra la uta, o cuando te cortas con hacha o machete. Cicatriza rápido”, dice don Daniel Inshipis, awajún y presidente de la eca Tunta Nain, la organización indígena que busca “articular, el mundo hispano parlante, del mercado, del dinero, con los recursos del bosque, preservándolo”. Es el discurso de don Daniel. Su propósito.

Desde Saazá, la silueta del Tunta Nain es intimidante. El cerro sagrado de la Cordillera del Cóndor es como la columna vertebral de un ser humano. Lugar de cabeceras de cuenca, a donde las especies van a procrearse. Los antiguos llegaban hasta allí a tomar ayahuasca o toé y conseguir respuestas que los convertía en buenos líderes para dirigir el destino de sus pueblos. Hoy es la Reserva Comunal Tuntanain, un Área Natural Protegida por el Estado Peruano, encargada de proteger los recursos naturales que benefician directamente a 26 comunidades nativas establecidas a su alrededor. Las reglas impuestas por la Reserva, a través del Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas (SERNANP), sirven para garantizar los ciclos de vida de las especies, su abundancia y el equilibrio entre los habitantes y los recursos del bosque. “SERNANP dice lo mismo que dice la teoría ancestral de los awajún y wampis” me aclara Diógenes Ampam, Awajún, jefe de esta área natural protegida.  La conservación y el desarrollo sostenible de esta parte de la Amazonía peruana, tiene en la participación indígena su gran protagonista y también, su gran responsable.

jugando

Niños jugando en un recodo del río Dominguza. 

Por ahora me quedo a orillas del río Dominguza,  impresionada con su turbulencia, rápidos, desniveles y pongos. Es cierto: Entre el jíbaro y su entorno hay un eterno desafío. El manto verde es un mundo lleno de alianzas que se quiebran y restablecen. Es claro que Ikam no es naturaleza. No como yo la entiendo.

Cuentarutas: 08-04-2015
Autor: Susana Parra
Fotografía: Susana Parra. Amazonas. Perú. 2014

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s